jueves, 15 de abril de 2010

Intentando

El mundo está lleno de monstruos y demonios, de convulsiones miedos y alucinaciones, de noches que parecen interminables y pesadillas, sobre todo pesadillas, fantasmas que nos mueven las cobijas, pelos erizados y piel de gallina, personas que encima buscan espantar más, hombres de miradas torvas que adivinan nuestras penas. Días soleados que sólo sirven para confundirnos, para hacernos creer que no hay nada que temer. Son un engaño esas alegrías. Uno mismo representa para los demás lo mismo, una molestia, un fastidio inexperto. Todas las culturas incurren en el mismo error de creer que son las mejores, cuando lo cierto es que todas son las peores y dentro de esas culturas los individuos también, lo mismo, no hace falta decirlo, así hasta el infinito. Las alianzas se hacen para acabar con alguien más, en este caso. Vamos a decirnos cosas bonitas a contarnos historias a entretenernos a consolarnos a animarnos a encontrar la relación de los sentimientos y los gestos, la sonrisa estúpida del que cree haber dicho algo gracioso. Eso es lo que hacen las palabras, son divertidas. Incluso el que mejor las utiliza se gana un lugar en las enciclopedias, una mención, porque la verdad sí hay personas que de vez en cuando dicen cosas emotivas, aunque la mayor parte del tiempo no hacen más que fastidiar construyendo un buen escenario para justificar una frase sublime o graciosa. Es difícil. Hay que estar ahí constantemente, buscando, para encontrar, esporádicamente, algo de verse. A veces un contexto masivo puede preparar la llegada de una frase hilarante de tres palabras. A veces hay que esperar varias décadas y que muchos inocentes pierdan la vida, para que llegue el momento de decir tres palabras y ocasionar una bonita sensación en el receptor. También hay frases que sorprenden por su simpleza, por su estructura, por la analogía que expresa mejor que las palabras llanas. Hay mucho por hacer con las palabras, un mundo lejano está todavía por construirse desde aquí, intentando, intentando. A veces hay que ir armado con un cuchillo caminando solitariamente hacia la penumbra inocua. Entre nosotros los humanos elegimos inexplicablemente a ciertos maestros de las letras, y eso es lo que tenemos, algunos textos y las caras de ellos, que nos indican ciertos rasgos indefectibles del genio de las letras que aún no hemos podido determinar. Narices, labios, frentes y ojos, de pronto la excepción confirma la regla con una frente estrecha. Algunos tratamos de ver en los colmillos la inspiración de algún poema particularmente enigmático y sorprendentemente perdurable. La erudición es un camino difícil, la incoherencia no sé, tal vez a algunos se les facilite, pero de hecho nunca he visto algo incoherente. Personajes, rasgos, música, ambientes, olores, todo se contiene en las letras, las letras brindan la posibilidad de detonar trasportaciones en las mentes, pero, hablando con frialdad, no son la gran cosa tampoco, porque lo que permanece después de todo eso, todos esos párrafos y esfuerzos por atender las imágenes solicitadas en los libros, es la confusión, eso es lo que permanece, la confusión, la convulsión, el miedo y la incertidumbre, la alucinación, el pánico, la muerte, la claustrofobia, el sudor frío y las otras cosas que acechan los buenos ratos. Aún así existe una lucha por lograr eso que nos tendrá satisfechos y nos hará más llevadera la convulsión, el pánico, el sudor frío, todo eso. Eso que queremos lograr es diferente para todos, pero es algo realmente asombroso, es como una fuerza que nos compromete a dejar algo, aunque nuestra razón nos diga: no, no, para qué esforzarse. Y ahí estamos con las letras, dale que dale, a ver qué sale.

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