jueves, 5 de agosto de 2010

La historia del velador-fantasma (A Oscar Wilde).

En algún lugar del mundo, no hace muchos años, cuando ya existían los restaurantes, en uno, trabajó un hombre como velador. No sé cuál era su día de descanso, pero todas las noches que se quedaba cuidando la propiedad, como era muy busgo y parar de busguear no podía, y como tenía acceso, por medio de unas llaves que el dueño le dio, al interior del establecimiento, se le hacía fácil meterse y zamparse, siempre, siempre, y puntualmente, una y sólo una hamburguesa, ni más ni menos.
Los empleados del restaurante, cocineros y ayudantes, si así se les puede llamar, al día siguiente siempre echaban de menos una hamburguesa, y como todo estaba debidamente y tenía que estar debidamente inventariado, alguien, incluso se turnaban, siempre alguien distinto, es decir, al que le tocaba, corría con el gasto de la misteriosa pérdida de una hamburguesa diaria.
Al paso del tiempo, tiempo en el que nunca dejó de ocurrir lo que ocurría, inconformes, ultrajados y en conciliábulo siniestro, un grupo de afectados por el misterioso y persistente flagelo, decidieron desenmascarar al felón de la manera más radical y bufa que a conferencia de cerebros pensantes pudiera ocurrírsele, pues creyeron prudente el poner veneno en los ingredientes que más a mano podría hallar el desventurado y por el destino maldito velador del establecimiento.
En efecto, sucedió que un día después de ideado y ejecutado el plan acordado, apareció el velador muerto, con el semblante pétreo y verde como el color del jade, y no ha habido noche, a partir de ese fúnebre acontecimiento, en que no se vea deambular por los lugares de ese encantado lugar, el espectro con figura del antiguo velador, con uniforme y todo, pero tan real, tan real, que podría decirse que es real, pero no lo es, porque sólo es una fantasmagoría muy bien constituida, lo que la hace endemoniadamente abominable, porque no conforme con ser una fantasmagoría vagamente visible, es cosa tan semejante a lo que representa que hasta se puede tocar y platicar con ella.

Fin

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