jueves, 29 de abril de 2010

Capítulo 11

Hay siempre un engaño envuelto en buen olor. Se puede sentir la ternura y el terror al mismo tiempo. Hay algo ahí, una aguja en un pajar en esos ojos y todo lo demás. Uno va con ilusión al principio, luego es cautela, luego desconfianza. Tal vez quedamos arruinados la primera vez, trastornados para no poder reconocer el verdadero refugio, el cálido regazo. Ahora vemos con desconfianza la salvación. Es sólo un cuerpo, decimos, una cosa que se mueve a base de procesos orgánicos repugnantes. Bueno, puedes decirlo de ese modo científico o puedes llamarlo amor, dando rienda suelta a la pasión. Cada quien lo dice como quiere, según su circunstancia. Llevo a cuestas un montón de confianza que ya me está pesando y quiero ponerla en un lugar seguro, pero ya estoy arruinado, aparte es más complejo que eso, porque tampoco puedo adoptar el papel de víctima, el papel de santo, porque eso ya depende del juicio de cada quien. De seguro yo también he arruinado a otros, sin darme cuenta, dándome cuenta pero sin poder evitarlo. Claro, todo eso va implícito, pero la vida tiene la irresistible ventaja de terminar siempre igual. De ahí que uno pueda arriesgar sin verdaderamente arriesgar. Pero eso es muy fácil decirlo. La mayoría de nosotros, aun sabiéndolo, no arriesgamos nada, y nos quedamos así, pasmados, sabiendo que no arriesgar es muy peligroso también, pero no importa, es cómodo, es actualmente cómodo, y algo que es más poderoso que nuestras convicciones nos estanca. Ser feliz podría ser tener el ánimo para jugar con la nada, es decir, arriesgar, intentar empresas alocadas, pero, siempre hay un pero, es muy probable que duela y que duela a corto plazo, y no queremos que duela a corto plazo, preferimos que duela a largo plazo, aunque sepamos muy bien que todo esto no es nada, entonces por eso nos comportamos casi siempre como ovejas, por eso seguimos el camino de la muerte lenta, de la larga agonía, por eso nos cuidamos, vamos al doctor y buscamos alcanzar ese estado en el que podemos decir que ya vivimos, que tenemos experiencia y jactarnos de ese logro tan absurdo, aunque sea implícitamente. Pero yo venía a hablar de la posible relación de un cuerpo humano vivo, con pulso cardiaco estable, buena dentadura, piel sana, buena digestión, todo eso, con la salvación de otra persona que más o menos anda en las mismas. Quizá sea un engaño, pero cómo saberlo. Tal vez esas cosas del amor sólo sirvan para pasar un buen rato en este mundo, prolongar la existencia lo más que se pueda y luego lo mismo, la muerte, dejando todo ese idealismo en algo intrascendente. Pero la vida tiene la bondad de terminar siempre igual, hayamos o no hayamos tomado las decisiones correctas, hayamos o no hayamos alcanzado la felicidad, todo lo que sube baja, y luego un reinicio, una temporada de no ser que desde luego nunca fue, y otra vez ser. Lo bueno de la temporada de no ser que desde luego nunca fue, es que otras personas que sí son durante esa temporada, pueden ver lo que es no ser, es como ver a un niño menor de 3 años, ese niño no es, o tal vez sí sea, pero qué importa, nadie de los que lean esto podrá recordarlo. Uno siempre dice cuando ve un niño menor de 3 años: “yo no recuerdo esa etapa de mi vida, sin embargo tuve que haberla vivido, sentido, etc”. Lo que sucede es que es imposible recordar un momento en el que no fuimos, es imposible no ser, siempre somos. Qué mierda esta. ¿Es decir que dentro de esos pigmeos traviesos e hiperactivos no hay nada? ¿Que sólo aparentan sentir cuando son un mecanismo? Elemental, mi querido Watson. He ahí la razón por la cual, inconscientemente, todos deseamos llegar a esa edad donde con frecuencia aparece la demencia senil, que asemeja mucho la infancia, quizá con la esperanza de estar ahí, pero sólo como materia, habiéndonos desprendido de ella, igual que como aproximadamente a los 4 años nosotras, las almas, nos vamos metiendo en los cuerpos y confundiéndonos de tal modo con ellos que nos volvemos una sola cosa. Los cuerpos se venden al mejor postor. Por eso yo digo que la felicidad está más allá del éxito. La felicidad es igual que la tristeza, todo es una cuestión interior, no hace falta que los demás se enteren de lo que nos ocurre, no ganaríamos nada de todas formas, es imposible explicar lo que uno siente, la gente se ufana de su felicidad y su salud y la pregona por doquier, no me atrevería a decir que son estúpidos, ni siquiera son, ni siquiera somos, bajo el concepto de ser equivocado que hemos tenido, porque por otra parte sí somos, pero sólo hasta donde nos lo permite la estrechez de nuestros alcances cognoscitivos, que son nulos, por supuesto. He ahí una clara explicación de la paradoja del ser. Realmente la muerte nos iguala gentilmente a todos. A eso le llamo yo justicia. Dice la gente que el mundo es injusto, y tienen razón, pero también es extremadamente justo, sobre todo cuando uno aprende a gozar el sufrimiento y a ver en la muerte un escape glorioso. No me atrevería tampoco a decir una definición concisa de la muerte, porque con qué autoridad puedo yo arrogarme esa facultad. También el hecho de movernos constantemente envueltos en misterios debería ser agradable, pero todo depende de la salud, todo depende de muchos factores, y por eso la gente está disculpada en ser estúpida graciosa pesimista optimista melancólica o alegre. Nadie decide qué actitud tomar ante la vida. Uno no toma nada, la vida es la que lo toma a uno y le encasqueta a uno una actitud, sin que uno pueda hacer demasiado al respecto. Y claro, ayer pensábamos una cosa y hoy otra, y eso debe ser porque es inútil pensar, es inútil buscar, no hay nada que buscar en la nada, es sólo un juego vacío, y me gusta, me gusta incluso cuando me disgusta y cuando me siento dominado por el abatimiento. O tal vez no me guste, pero hay que llenar esto con algo, quizás con disgustos. Todo comienza a tener sentido.

martes, 27 de abril de 2010

Capítulo 10

Lo que sucede realmente es que no puedo perdonarme no saber algo que mis interlocutores saben, no poder decir el mejor comentario de la noche; tampoco puedo perdonarme quedarme a media frase, con la palabra en la punta de la lengua, y que alguien más me la complete. Eso es lo que me tiene triste y mortificado, simplemente no puedo soportarlo. Luego llego a mi casa y checo en el diccionario si aquella palabra rimbombante que utilicé en la charla no estuvo mal aplicada. Por lo general resulta que la utilicé mal y caigo en una inconformidad muy grande conmigo mismo. Ese es todo mi problema, no necesito un psicólogo, ya sé lo que tengo, soy un perfeccionista, y es bueno reconocerlo. Otra cosa que detesto de mí es que con frecuencia caigo en el despropósito, no veo lo que es obvio y soy motivo de risa, cuando mi pretensión es todo lo contrario: quiero ser perfecto, tener el chiste pronto, oportuno, la solución al problema. Eso es lo que me ha estado carcomiendo los últimos años y no lo había notado. Trato de reírme de mis errores, pero me engaño, no es una risa sincera, mi razón no puede hacer nada contra mi estúpida naturaleza perfeccionista. Cada naturaleza se inclina a diferentes estupideces. Claro que habemos algunos más complicados que otros. Yo soy una cosa complicada, soy un reto para mí mismo. Quizás por todo eso soy bueno escribiendo, pero muy a pesar de mi salud, porque tengo que hacer muchos corajes, muchos esfuerzos para aprender esas palabras, para encontrar esa frase que describe lo que ocurre en el llamado inconsciente. Al menos saberlo, escribirlo, que los demás lo vean, me hace sentir un poco aliviado. Ahora puedo contarles la historia de alguien que estaba muy borracho y no sabía lo que hacía y andaba dentro de un antro a los tumbos chocando con objetos y personas y luego un bravucón lo agarró a golpes y yo le dije: ¡poco a poco señor!, que no ve usted que este pobre desvalido está inconsciente, lo que quiera con él conmigo, entonces me sacó una pistola y los espectadores exclamaron: ¡ah! y corrieron algunos, otros, los más valientes, se quedaron a presenciar el día en que fui poseído por Chuck Norris, me le aventé al cabrón y le doblé la mano de la pistola y le saqué la pistola y luego le puse la rodilla en el cuello y le dije: “bergante, basta de tus tropelías, hoy es el último día en que humillas a alguien con tu pistolita”, entonces le quebré el cuello con una técnica que yo conozco, con la cual uno se va tranquilo con la seguridad de haber dejado paralítico a su oponente del cuello para abajo. O sea que le desgracié la vida de lo lindo al sicario ese, quitándole aparte la posibilidad de meterse él mismo un balazo en la cabeza y terminar con su penosa vida. Y es que se lo tenía bien merecido. Ahora, volviendo a lo otro, he pensado que sería bueno comenzar a juntarme con gente más inculta, pero resulta que me gusta competir con los grandes y ganarles. Pero yo sé perfectamente que todo eso es vanidad, que la vida es un parpadeo, que no debería dejarme impresionar por las narices ni por los autos ni por el dinero ni por la locución de los otros, pero soy muy susceptible.

lunes, 26 de abril de 2010

Capítulo 9

Preferí platicar conmigo mismo, era un momento importante en mi vida, mis párpados se habían caído, era la señal, el final se aproximaba. Tal vez un gol o dos en el partido del lunes, una gloria de ese estilo, y adiós mundo cruel (habrá que hacer una conjetura al respecto). Comencé a ver a los demás como cosas extrañas, muy apartados de mi realidad, entretenidos en otras bagatelas, tampoco estoy tratando de dramatizar con este asunto, pero bueno, las conversaciones de los demás eran del tipo de aquellos que tienen largo camino por recorrer en este mundo, en cambio mis discurrimientos internos eran lo contrario. Decidí consagrarme a disfrutar el mareo y el debilitamiento que tenía, el hueco que se movía a la altura del páncreas. El de la autopsia dirá a mis padres: este chico tenía cáncer de páncreas. Y mis padres: pero cómo no nos dimos cuenta. El médico: es que mírenle los huevos. Y en devaneos de ese estilo se iba la noche mientras los demás hacían lo suyo. Todavía hay mucho por conocer, pero supongo que da igual conocerlo y no conocerlo, todo parece ser orgánico. La gente se encarga de meterle miedo a uno con respecto a la muerte, pero quizás no sea tan mala, hay veces que es lo más sano. Cuando aprendes a ver a la gente feliz desde tu perspectiva dolorida sin sentir envidia, antes sintiendo un cierto placer extraño, el dolor es placer y el placer es dolor, es entonces cuando te has vuelto un hombre y estás listo para lo que viene. Al menos yo así lo veo. Totalmente solo, sin que nadie sepa que sufres, en medio de un mar de desdichas, ahí estás, en tu elemento, en la vida misma, disfrútala. Todavía una ligera tentación de contar las penas a alguien, para sentir compañía, no, no vale la pena, esto se practica solo, se disfruta solo, no hay palabras que valgan. Hay un escalofrío, señal de que vamos al paraíso, una pesadez, un piquete en el corazón, la esperanza de morir dormido, pero no, a la mañana habrá más de eso, y después quizás se te pase, pero volverá, eventualmente volverá y será justo cuando creas que has salido de ese ciclo de recaídas y recuperaciones. Un día las palabras dejarán de tener significado, parece que falta mucho para eso todavía, y ese día será el último, anda, esfuérzate, apura un poco el proceso, es la verdad, la muerte, la carencia de significado en las palabras es la verdad, no le temas a la verdad, quieras o no quieras a ella te enfrentarás, es dura, pero es la verdad, te enseñará cosas tal vez con mano dura, si te sirve de consuelo para todos será igual. Ahora puedo estar tranquilo. Parece increíble, pero necesito escribir estas cosas para sentirme tranquilo, debo estar loco, espero que la muerte acabe con este estado tan vergonzoso de cosas. Ustedes saben, allá afuera hay contiendas donde se esgrimen sólo nombres propios. Salvador Dalí. Andy Warhol. Eva Perón. Richard Wagner. Walter Scott. Samuel Becket. Directores de cine que ignoro. Bueno, está bien, tal vez soy demasiado susceptible, pero yo no tengo nada que ver con estas letras. No podría escuchar lo que quiero de las demás personas si les hablara directamente de todo esto, entonces me quedo callado, en mi mente hay varios que pueden platicar animadamente, aunque sea un rato, no son mis únicos amigos, bueno, gente con la que platico. Al menos los que están dentro de mí mente me dejan tranquilo con la certeza de que todos son yo, ahí no puede haber rivalidad de ningún tipo, ni abierta ni oculta. De todas maneras buscaré un poco de honor en este mundo, aunque parezca una cosa vana. No creo poder soportar la emoción de estar dando un discurso para mucho público, sus miradas penetrantes para mí que soy tan susceptible serían letales. No me da pena admitir mi debilidad, yo no soy yo, no se me da un ardite lo que suceda conmigo, puedo andar de aquí para allá, sintiendo cosas, gratis, al final la muerte, qué emoción, linda consola la tuya. Lo sé: ellos no pueden ser más que yo; lo siento: ellos parecen ser más que yo. Frase magistral aquélla, que no sirve para nada. Acaso en otra vida lea esto y diga: no le entiendo nada a este pendejo, o tal vez diga: este muchacho tenía agallas para pensar lo que pensaba, era muy denodado. También cabe la posibilidad de que el universo se quede sin espectador para toda la eternidad. Habría quizás otros espectadores, pero no yo, el único, el verdadero espectador de espectadores. Ando en vena. Definitivamente resulta evidente que ni siquiera el pesimismo es ilimitado, hay dentro de él un trampolín al fondo que catapulta hacia algo mejor, cada vez mejor. Mira, si eres un perdedor, para que te sientas mejor piensa que no somos nada. Debes tener serios problemas para escribir lo que escribes. Después de todo es sólo una vida la mía, tal vez un poco extraña, pero al fin vida, con sus cosas, las cosas que tienen todas las vidas, latidos de corazón, sensaciones, ¿apoco creías que estabas mejor posicionado que yo? No, todos somos lo mismo, un día tus músculos y tu brillante cerebro se harán polvo, suena trillado, lo sé, pero sigue funcionando en estos tiempos para hacer pensar a los musculosos y a los que tienen buenas memorias. Puedes ponerlos en su lugar diciéndoles que polvo son y en polvo se convertirán, a falta de cualidades para cobrar venganza por tu propia mano. Al final será lo mismo. Hay que esperar, es cierto, incluso tal vez no tengamos el gusto de verlos morir, pero la regla parece estar fija: al paso del tiempo el desgaste descompone las cosas. Debe llegar un momento en el que te olvidas de todas las fruslerías del mundo y decides dejarlo todo, perdonarte todo, y te entregas al dolor. Ah, por cierto, aquí había una historia que contar, y el que sea un poco avispado notará que sigo contándola, a medida que voy viviendo voy escribiendo, es como una novela en tiempo real, no hace falta ser muy claros en el asunto, porque de todas maneras las tramas de las historias siempre son decepcionantes. Bueno, tal vez no tenga razón, tal vez muchos estén en desacuerdo, pero no pretendo ser un razonador infalible, sólo hablo por hablar, ¿algún problema?. Pero con quién peleo. Pues con los críticos, por adelantado. La pulla es una reacción humana, una manera de convivir, es la manera sutil con que nos destruimos, y nunca dejaremos de practicarla, nos apasiona, es probablemente lo único que podría mantenernos vivos. Yo siento que a veces abuso de la pulla, pero no soy yo, es mi naturaleza. La naturaleza es por naturaleza injusta.

domingo, 25 de abril de 2010

Capítulo 8

Dónde me van a decir mi futuro. Cuándo seré algo imponente. Una piedra o el peinado de drácula. Usted es el que tiene la culpa. No, no es cierto, es aquello que no conocemos. Está bien, mientras sepamos que no importa. Cuántas veces he dicho no importa con las entrañas quemando. Sigue sin tener importancia arriba. Sólo date una buena ducha y ve al parque. Podrás distraerte. Despejar la mente para volver a la refriega. Al menos en la noche, acostado, me queda la seguridad de que nadie advertirá mi desmayo. En esas circunstancias uno confunde desmayo con dormir. Claro, es la tranquilidad que da la noche, cuando nadie espera nada de nadie, bonito armisticio. Dígale al señor que ya cambie las palabras, dice y dice las mismas, es hora de utilizar todo el bagaje, aunque no venga al caso. Por favor, no me haga la vida más pesada, conozco algunas palabras, puede usted decir las que guste, yo se las entenderé, pero no me pida que yo utilice una gran cantidad en el momento indicado, mucho menos cuando no vengan a pelo, tengo un poco resbaladiza la memoria. Podríamos utilizar vigoroso aparejada con cocaína, siempre se ofrece una palabra cuando aparece la otra, hacen bonita pareja, téngalas siempre listas juntas, no deje que se desbalaguen. Yo venía caminando por aquí, no es mi culpa, se lo prometo, yo ni siquiera lo conozco, qué podría tener yo en su contra. ¿Y cómo explica las manchas de sangre en su camiseta?. Yo, señor, soy matarife de profesión. Haremos un dictamen minucioso de lo acaecido. Podríamos dejarlo así señor, ¿qué gana usted con eso?. En otras circunstancias te metería preso, pero hoy no tengo ganas de ponerme a averiguar. Puedes irte, sólo si me prometes que has dicho la verdad. Señor, yo nunca le mentiría a nadie. Con eso me basta. El que sigue. Evite en la medida de lo posible construir historias coherentes, muévase un poco a la izquierda, ahí está bien, ahora sonría. Está usted contratado, felicidades, tiene derecho a acostarse cuando menos una noche con la señorita reclutadora, la de recursos humanos, esa que le hizo la primera entrevista, ¿la recuerda?. Cómo no, si es hermosa. Sólo usted ha sabido ganarse el premio de tenerla a su disposición por una noche. Ah, y cualquier mala cara o mala gana de parte de ella me la remite, yo sabré cómo arreglar la situación, aunque ella es muy servicial, no tendremos que llegar a esos extremos. Usted no se desespere, para eso lo tenemos aquí, para que haga estupideces, pero hágalas bien, hágalas con pasión, con ímpetu, como cuando no le pagaba nadie por hacerlas. Mire señor, yo tengo mis horas de euforia, mis horas de inspiración, usted no puede venir a decirme a mí a qué horas canto la canción o a qué horas me quito la camisa y le muevo la panza al gerente, mucho menos, y en esto si tenga mucho cuidado, vendrá usted a decirme la hora en que yo festejaré con mi característico aullido, porque ni siquiera yo sé cuándo ocurrirá, son cosas de factores que convergen, no depende de mí ni de nadie. Bueno, me conformo con la respuesta que me ha dado. Incluso le daré un aumento, es más, puede usted irse temprano, y si quiere llevarse de nuevo a la secretaria no se detenga, tiene luz verde. Mire señor, tampoco quiero despertar la envidia del personal, mírelos, trabajan como mulas de carga. Bueno, haga usted lo que quiera. Era broma señor, nos vemos el lunes puntualmente a las tres de la tarde, y no vaya echar de menos a la secretaria, me la voy a llevar. Alto. Usted se desmandó. No, no me refiero a usted, naturalmente, me refiero al que escribe. Ah sí, a ese cuélguenlo en la plaza, pero será mejor que sólo lo amenacen, tal vez así se haga mejor con las palabras. El miedo nos obliga a desenterrar recursos impensados, en su caso podremos rescatar algunas palabras en peligro de extinción. No se olviden de reconocerle tal esfuerzo. Sin duda enriquece nuestra cultura con sus expresiones tan jocosas, pero eso no es suficiente para que se gane la vida, tiene que hacer algo más aparte. Lo pondremos a lavar los baños, quizás así escriba aún mejor y recuerde una de esas expresiones para expresar dolor. Debe haber muchas por ahí en los libros, sólo él puede desenterrarlas. Hay una que dice: pagan justos por pecadores, pero esa no viene al caso. Ahora quién está hablando con quién. Alto. Vuelva usted a la senda de la cordura, todavía está a la mano. Venga, volvamos a ese tedioso camino que tantos frutos le ha dejado a los que lo toman.

sábado, 24 de abril de 2010

Capítulo 7

Siento un vacío muy desagradable a la altura del estómago, no sé qué es, puede ser el hecho de que llevo años sin tocar a una mujer. Me da miedo el asunto de las mujeres, las hay crueles y tiranas, que son las que me gustan, las hay generosas y amables, que son las que no me gustan. Además siempre siento que tocar a una mujer, aun con su consentimiento, conlleva grandes responsabilidades. No tendría problema en estar con una mujer perversa, pero ellas sí lo tendrían, aparte, las mujeres generosas y amables compensan bien su fealdad, quedando tablas con las guapas, ya que las guapas se creen mucho y quieren controlarlo a uno abriendo y cerrando sus cricas. Bueno, ya cállate y duérmete. Bueno, de todas formas la mente va hacer lo que quiera. Lo que me preocupa es si lograré tener una erección con una mujer generosa y amable. No quiero arriesgarme a una situación tan bochornosa, podría ser letal, mejor me quedo aquí leyendo mis libros, ellos nunca me avergüenzan, y quizás hay más razón para que yo me avergüence ante ellos que ante una mujer que no puede provocarme una erección. No podría ser más explícito en este asunto, tampoco mencionar nombres, porque podría llegar a ser ofensivo y no quiero ofender a nadie. Es en este punto donde tengo la tentación de copiar literalmente una frase de Moby Dick, que dice: “al final siempre queda el consuelo de que todo estaba destinado”. Mi incapacidad para entender las cosas a la primera me obliga a preferir los libros sobre las películas. Hay que ser serio y perseverante en las idioteces para poder sobresalir, en especial cuando estamos hablando de alguien que no tiene resistencia para conocer, poco a poco, la jerga de un ambiente en particular. No es un gran trabajo andar por ahí entre los drogadictos algunos años y después escribir una buena novela. Ya está todo resuelto, los personajes, las frases, la trama, todo, porque ya lo experimentaste. Pero cuando eres uno de esos que no les gusta nada, ni las mujeres, ni los hombres, ni los cigarros, ni el alcohol, ni nada, y no por que no quiera, si no porque no puede, entonces lo que tienes que hacer es: cuando se te ocurra una buena frase escribirla, aunque esté fuera de su contexto ideal, pues no queda de otra. Además, sucede con mucha frecuencia que los escritores preparan un ambiente para una sola frase, para poder decirla y que brille en su máximo esplendor. Yo por ejemplo tengo la siguiente frase que podría ir muy bien en una novela de un muchacho que representa la crisis de valores humanos que se están perdiendo con la juventud de ahora: “ahí está mi tío, pero no sé cómo dirigirme a él, temo que pueda sonar demasiado circunspecto, demasiado igualado; ¿le diré tío, le diré por su nombre, le diré oiga, le diré oye? Mejor no le hablo”. Y esa resolución de preferir no hablarle al tío por temor a sonar impropio, es algo que me sucede a mí con frecuencia y es algo que tengo que decir al mundo, pero no voy a escribir 200 páginas o más, para poder meter justificadamente esa frase. Lo que trato de hacer es escribir sólo esas frases, unas tras otras, con el menor número de arreglos alrededor, porque eso es lo que por lo menos yo busco en una obra. Me gusta la carne. Todo eso que se construye alrededor, sí, puede ser muy útil para mayor comprensión, pero aburre, sobre todo cuando es una descripción de un edificio o un terreno accidentado, llena de zarandajas. Llegó de repente la tristeza, cuando estaba en compañía de personas que le tienen por gracioso, y fue entonces cuando dijo: “vamos, qué quieres demostrar con esa sonrisa”. Ciertamente uno no sabe qué actitud tomar ante esas emociones ineluctables. Todavía en esas circunstancias uno se siente obligado a guardar ciertos miramientos indispensables aun en caso de estar al borde de la muerte. Uno no puede disgregarse así como así, sin avisar, porque eso sólo provocaría más de lo que no queremos, más atenciones que no queremos ni dar ni recibir. Las armas se hicieron originalmente para exterminar los fantasmas y espíritus, por eso la gente de antes ponía sus pistolas en los porches, al alcance de todos los mortales, quienes sabían perfectamente que no había necesidad de robar el arma, puesto que todos tenían la suya y no hacían falta tantas para acabar con los espectros. Pero después el mundo adquirió ese carácter cruel al que nos hemos habituado. Lo importante siempre ha sido hacer bullicio en la mente, decir cualquier cosa, porque las palabras de pronto nos sorprenden, uno va diciendo por ahí sinsentidos y de pronto sale algo que sorprende, una combinación feliz de palabras que usamos a diario pero que nunca se habían combinado de esa manera, entonces uno se siente como lleno de endorfinas. Yo dije ayer algo muy bueno para escribir, pero ahora no lo recuerdo, sólo recuerdo que me dejó una sensación de satisfacción, que desde luego se esfumó rápidamente, como todas las satisfacciones. Era algo así como que yo ya sabía de qué se trataba el asunto, yo ya platico muy seguido con aquellos entes que sólo piensan y se meten en los pensamientos de quien quieren, y les dije algo que les gustó, era una frase en particular, la cual decía: quién puede saber más que yo lo que es la existencia, yo soy la existencia, en eso nadie me gana. Y eso pueden aplicarlo mis lectores, si gustan.

jueves, 22 de abril de 2010

Capítulo 6

Fue muy doloroso saber que nadie, por más que se esforzara, podría despuntar de los demás. Claro, algunos llegarían a entenderlo primero que otros, pero todo era cuestión de tiempo para que todas las cabras estuvieran dentro del redil y el granjero cerrara la puerta. Es cierto, hay un trayecto que tiene como meta la felicidad, pero si algunos estamos más adelantados que otros, no es por otra cosa que porque comenzamos primero. Todos van a pasar por las mismas vicisitudes, es como algo que seguramente vemos todos los días, pero no se me viene a la mente ninguna comparación. Hemos dicho tanto, hemos escuchado y visto tanto, y no tengo nada que opinar al respecto. Si tan sólo supiera de qué estoy hablando, podría decir con seguridad algo, pero, si no les molesta, puedo seguir echando mentiras. En cuanto a los hechos, todo es verdad, pero en cuanto a los razonamientos queda la duda, aunque de tanto intentar puede que algo se aproxime a la verdad. A lo largo de nuestras vidas vamos adquiriendo experiencia, somos menos propensos al engaño, pero siempre hay nuevas trampas, nuestros avances son tan ridículos como los numeradores que tienen por denominador un signo de infinito. En lo que va de este escrito he caído en contradicción un número impresionante de veces, mientras tanto una guapa secretaria se limita a saber las tres o cuatro fórmulas necesarias para desempañar su trabajo, para después distraerse el fin de semana sin mortificarse nada por todas estas idioteces que yo me empeño en estudiar, pero yo a veces siento que soy importante, en un plano astral desde luego, que me codeo con espíritus influyentes, quienes, llegado el caso, podrán echarme la mano cuando tenga algún apuro del orden espiritual, porque ellos ya saben de lo que soy capaz, ellos me estiman. De hecho, en el mundo donde yo habito sí hay justicia, no hay corrupción, no hay cohecho, cada quien tiene lo que merece, pero no me voy a poner a explicar los criterios para determinar esto. Estoy pulverizando mi cerebro lindamente, haciendo especulaciones sin base, sin punto de partida, así, arbitrariamente, en el aire. Disculpen si sueno como si lo supiera todo. Bien, todo lo que les he contado ha sido real, pero no real como lo que contaba Cide Hamete Benengeli, es decir, no como un juego literario de jurar que dices la verdad cuando evidentemente estás fantaseando, sino que yo, a falta de una imaginación privilegiada como la de Cervantes, he decidido acometer la modesta empresa de contar algunos episodios de mi vida, con una que otra digresión. Ahora, también tengo que confesarles algo que me da un poco de pena, y es que el suceso central de esta historia, o sea el encuentro que tuve con el chamán del parque, ese que me mostró su reloj, y de quien tengo que proporcionar gran cantidad de especificaciones para sentirme seguro de que la gente entiende lo que yo quiero, cosa que habla de la evidente pobreza de recursos del autor de esta obra para darse a entender, ocurrió hace menos de una semana, tomando como punto de referencia el momento en que escribí esto, ustedes me entienden. Qué difícil es explicar estas cosas, pero eso no debe disuadirme de mi intención de ser escritor, porque mis exiguas facultades harían más meritorio el éxito que en alguien al que se le facilita la escritura. Tal vez más adelante me desembarace de la obligación que me he auto-impuesto de decir la verdad y nada más que la verdad, y comience a inventar alguna cosa digna de la atención de la gente. Creo que todos merecemos una oportunidad, y no quiero que esto comience a sonar como una súplica a los lectores y a las editoriales para que acepten mi obra y me conviertan en una celebridad; he visto gente más estúpida que yo encumbrada. Aparte ayer sucedió algo de interés nacional en mi cama, antes de caer en el sopor, y fue que vi, como que Dios existe, dentro de mí una escena que se explica de la siguiente manera: estaban unas diez personas sentadas en unas butacas viendo todas hacia una urna que tenía muchos papelitos adentro, misma que estaba siendo revuelta por las manos de una especie de presentador, lo que me pareció como un sorteo. Los de las butacas estaban nerviosos, como si se estuviera decidiendo algo de importancia. El presentador nombraba a cada uno y luego sacaban un papelito y a cada uno le decía la siguiente fórmula: “te tocó ser… Pablo, Miguel, Juan, etc”. Entonces vi el momento en que a alguien le tocaba ser yo y se mostraba emocionado. Digamos que esa persona en su otra vida tenía un nombre imposible de escribir con los caracteres que usamos acá. Entonces esa persona fue por el papelito y se esfumó la imagen para aparecer otra donde la misma persona desandaba el camino que iba de las butacas a la urna, y los que estaban en las butacas le preguntaban con curiosidad: “¿qué se siente ser Miguel?” Y la persona contestaba: “Casi siempre es un martirio ser ese chaval, pero tiene unos ratos en los que hasta sabe de nosotros, con eso les digo todo, así que muy recomendable eso de ser Miguel”. Y así terminó la visión. Puedo decirles que lo antedicho puede ser tomado desde ya como un dogma en materia de qué pasa antes y después de venir al mundo. También se demuestra con esta cosa, que la vida en efecto es una tómbola. Así que todo esto concuerda con mis interpretaciones de las señales comentadas en capítulos anteriores; voy poco a poco entendiendo lo que hay detrás de todo esto, y se siente tan bien. A este punto de mi vida es inevitable que de pronto me asalte la pregunta: ¿qué estoy haciendo con mi vida? Sí, estoy echando toda la carne al asador, por una quimera.

miércoles, 21 de abril de 2010

Capítulo 5

A veces pienso que podría escribir cualquier cosa, incluso en un idioma de otro planeta, y sería lo mismo. Pero tal vez la gente no concuerde con esta idea, así que tendré que seguir escribiendo inteligiblemente, esclavizándome de ese modo para poder complacer a mis instintos. Suena trágico, y lo es. Si pudiéramos ver de un tirón el lapso que hubo entre el encuentro que tuve con el chamán del parque, ese que me mostró el reloj antiguo, y el otro chamán, el de Chiapas, me veríamos derrotado, resignado a no volver a gozar, esperando la muerte tirado en una cama mientras mis padres me dicen: “hey, levántate zángano y ponte a trabajar”; veríamos a un joven, de entre 20 y 22 años cabizbajo, lacio, acabado. Pero todo eso no me sorprendió, porque el chamán de Chiapas me advirtió que se avecinaban tiempos difíciles para mí, que yo sufriría mucho y que disfrutara lo poco que me quedaba de alegría, porque, como ya vimos, tuve que regresar a Monterrey, donde comencé a sentirme como el muchacho rebelde de la familia, él ingrato que hace sufrir a sus padres escapándose de la casa. La verdad que todos esos comentarios que se hacían a mis espaldas en torno a mí, me afectaron mucho, llegaba a sentir el reproche de la familia, sin que ellos tuvieran que decírmelo abiertamente. El chamán de Chiapas también me dijo que a pesar de los tiempos difíciles, lograría salir vivo y convertirme en un prócer o algo así. De todas manera hubo un momento en el que perdí la fe, hasta el punto en el que temía salir a lugares públicos, no fuera a ser que tuviera una vergonzosa muerte, y por eso prefería quedarme en cama esperando uno de esos desfallecimientos que con frecuencia me daban. Yo sé lo bochornoso que es caer inconsciente y despertar en medio de gente que hace preguntas sobre nuestro estado, gente alarmada por nuestra salud, ser el centro de atención de una manera tan patética. Hay cosas que es preferible evitar. Pero el encuentro con el chamán del parque de Monterrey, el que me mostró el reloj, marcó el inicio de una era feliz en la que ya no tenía que preocuparme por nada, sólo tenía que disfrutar, porque cada día era mejor. Empecé teniendo pequeños periodos de éxtasis, que fueron aumentando en duración y frecuencia, hasta que llegó el momento en que todo era éxtasis sostenido. He formulado cantidad de hipótesis que buscan explicar este cambio emocional tan drástico. Pasé de tener como única esperanza morir tranquilamente en mi cama, al nirvana. Una de las hipótesis es que aprendí a no darle importancia al dolor, a convertirme en un espectador de mi dolor, como si mi dolor fuera una cosa y yo otra, pero no creo que haya sido eso, porque antes, cuando sentía el debilitamiento, el sudor frío, la nube en mis ojos y el movimiento arbitrario de las luces, no podía librarme del terror con un truco tan barato como el de pretender ser el espectador de todo eso, porque uno se siente agobiado, encadenado a ese malestar agudo y chirriante. La cosa era que simplemente esos paroxismos terribles ya no se presentaban. Cuando se presentaban, antes, llegaban sin previo aviso, de un momento a otro pasaba de la normalidad a una cosa que no se la deseo a nadie. Ah, esto es una mierda, estoy completamente decepcionado. Yo creo que por eso los escritores siempre tienen ese semblante pétreo, porque no se puede tener otro escribiendo, escribir es algo que no deja nada nunca, es quedar siempre inconforme y tener que corregir aquí y allá, sin que nunca logre quedar como habíamos creído que podía quedar cuando pensábamos acostados en la oscuridad antes de dormirnos. En esta mierda no hay espontaneidad. Y leer es aún peor, leer es como buscar algo con muchos esfuerzos sin encontrarlo, son satisfacciones que se esfuman rápidamente al pasar de un párrafo a otro. Yo he leído miles de cosas y en este momento me siento como si nunca hubiera leído nada, ultrajado, engañado por los siniestros escritores que juegan con nuestras mentes. Estoy enojado, bueno, tal vez no tanto, porque siento que he dicho algo interesante. La sinceridad nunca me ha defraudado, siempre me hace sentir bien; lo malo es que es difícil hacer contubernio con ella. Porque para eso sirve solamente la sinceridad: es un arma para ser mejor que los otros, sobre todo que los escritores. Pero a como haya sido, ya dije algo que puede ser esencial en esto que yo insisto en llamar novela, pero que puede que pertenezca a otro género, un género nuevo, como el reflexivo. Los lectores tendrán que hacer que todo esto tenga sentido. En realidad siempre es así, siempre es más difícil leer que escribir, porque uno escribe lo que quiere y como quiere, pero cuando uno lee tiene que volverse un poco el que escribe. No he parado de decir disparates y tampoco sé qué es lo que sigue en esta historia que no lleva rumbo ninguno. Pero así me gusta a mí, me gusta martirizarme escribiendo, porque creo que no hay otra cosa más bonita que se pueda hacer en este mundo asqueroso. Esperen, ¿dónde quedó la fe que me infundió el chamán del parque, el que traía el reloj antiguo?. No, no soy tan fácil de destruir, tengo una razón muy convincente y muy congruente con mis creencias para esa pregunta , y es que, naturalmente, todo esto de sentir una impotencia y una frustración agobiantes lo preparé meticulosamente antes de venir yo a este mundo, porque es necesario sufrir para poder gozar, nada nuevo ¿verdad?. De eso es de lo único que puedo estar seguro. En cuanto al resto de esta desastrosa pieza artística, puedo decir que me declaro en estado de indefensión y que solicito un delegado para que ponga en orden esta tramoya. Bueno, tal vez fui demasiado duro conmigo mismo; todavía hay tiempo, todavía podemos darnos a entender, Miguel, lo has hecho bien el día de hoy, escribes de maravilla, aparte, errores los tiene cualquiera.