miércoles, 26 de mayo de 2010

El abismo

Las personas extremadamente peculiares somos proclives a pensar que el mundo es una obra donde interpretamos al personaje principal, quien al final logra la redención después de soportar las vejaciones más agobiantes. Podría considerarse un error o un total engaño, aunque lo cierto es que nadie podría demostrar que no es cierto. Eso ocurre porque uno se da cuenta que los demás son muy parecidos y uno muy diferente. Entonces uno comienza a creer que eso es una casualidad bastante significativa, porque es un desafío a las leyes de probabilidad.
Incluso sería estúpido negar rotundamente que una persona gregaria, desde su perspectiva, pueda lograr un final parecido.
En vista de que todo está dicho, procedemos a hacer alusiones escondidas a los asuntos más diversos, decir lo mismo pero de una manera críptica, incluso no decir nada intencionalmente, sino simplemente arrojar palabras al aire para que sean interpretadas al antojo del lector. Desesperación es la bola de instrumentos veraces y helados que despotrican en las mentes ávidas de señales halagadoras. Cuando uno dice algo que aparenta verdad no hay más que esperar contraataque. Pues de hecho sólo es en apariencia y es preferible rebuscar en paraísos imaginarios un futuro con situaciones reposadas y sonrientes. El momento cumbre de la vida es un palpitar en el clítoris, palpitar febril y efímero que distrae irónicamente de la carne putrefacta. La vida es masoquismo estratégico y prefigurado, punta de iceberg azul con rebordes festoneados. Definiciones irrebatibles para el pueblo esta tarde. La gente necesita saber qué es la vida y el palpitar en el clítoris carne corrupta y nefanda que aparece casi hablando en la mente. Y sin embargo la gente habla de otras cosas, habiendo genitales. Las ramas y las hojas criban el sol y permiten que mi piel se haga de leopardo y eso es suficiente para alzar las manos al cielo y agradecerle a nadie, porque arriba no hay nadie. Después está la música, los poemas y las pinturas, cosas que el humano hace para salvar su propio pellejo, aunque diga lo contrario, y luego la humanidad conserva esas cosas y sigue teniendo momentos de iluminación con ellas, pero al final todos se mueren. Lo que uno espera es más que nada honor, un poco de placer también, pero con el honor el sufrimiento se vuelve placer, es como llevar el sufrimiento con dignidad, ser digno de lo que se come de lo que se toca de lo que se tiene. Pero también hay muertes en medio del olvido de poetas y músicos mejores que otros que sí salen en la tele en el radio y en las librerías. Pero eso al final no importa. Un buen poeta sabe que es mejor morir desconocido en una llanura patagónica, apretando la hierba con fruición, y luego la mano que se relaja ya sin vida. Un arrebato de muerte, con luces giratorias y sudor frío, donde no importa qué tanto palpitar de clítoris hubo o qué tanto honor, sino que ya no hay táctica dilatoria alguna que valga. Luego se viene la noche, y de pronto ya se está otra vez ahí, perdido, en forma de cachorrito inocente que tendrá que recibir golpes para aprender a sobrevivir. El objeto de la vida es controversial todavía. Lo cierto es que siendo imposible no ser en ningún momento, ya que pensar lo contrario sería una aporía, la vida es sólo una vida más del infinito de vidas que pasarán sin detenerse ante nosotros y nos tendremos que aguantar porque al parecer nuestra opinión vale un comino. Entonces habría que trascender la importancia de esta vida, dejar de cuidarla tanto e intentar algo descabellado, como yo. Pero qué se puede hacer. Atiborrarse de drogas, matar gente, viajar de aventón, violar muchachas, luego nada. Creo que llevar una vida intensa y quedarse en casa viendo la tele al final es lo mismo, porque sólo puedes sentir una cosa a la vez, es inevitable sentir, lo que se hace es sentir, y hagas lo que hagas sentirás, estando aquí o allá, haciéndolo bien o haciéndolo mal, satisfecho o insatisfecho, y luego pum…………………………………. El abismo.

martes, 25 de mayo de 2010

La olla express

Era de mal augurio entrar a casa y escuchar el sonido de la olla express y oler el puerco y, finalmente, entrar a la cocina y ver el vapor escapándose por la válvula atormentada y trémula. Nunca me gustó ese platillo. Tenía que comerlo a la fuerza, porque a mamá no le habría gustado que en lugar de eso comiera rancheritos. Un día mamá casi muere en la cocina, víctima de la erupción del contenido de la olla express. Toda la cocina quedó salpicada con el agua hirviendo y los trozos de carne que de haber llegado hasta mi madre le habrían traspasado el cuerpo cual balas nueve milímetros. Creo que mamá no estaba destinada a morir aquella mañana o tarde. Salió de la cocina por algo y escuchó el estruendo. Cuando volvió, la olla ya estaba desconchinflada y los trozos del animal sacrificado desperdiciados. Otra muerte inútil. Escena desgarradora. Zona de desastre. Mamá pensando en lo súbita que puede ser la muerte. A mí me dio gusto que sucediera aquello, porque mamá no volvería a utilizar ese utensilio tan indigesto para mí.
En mi infancia yo pude haber sido feliz subsistiendo a base de comida chatarra, pero los mayores no entienden eso y lo obligan a uno a comer lo que a ellos les gusta. Desde ahí comienza el infierno de la vida, el no poder hacer lo que queremos. Luego uno va entendiendo que la invasión no es sino en todos los aspectos de la vida: hay que volverse pieza de la máquina. Existen muchos métodos para atormentar a los que no se vuelven piezas de la máquina.
La situación siempre es complicada. Hay que atacar el tema adecuadamente, perfilarse bien, como un futbolista tirando. Ahí reside el arte de todo. El desorden tiene el mérito del sufrimiento y la desesperación, la renuencia a someterse, pero la comunicación requiere cierto orden para lograr su objetivo. Habría tenido que comenzar diciendo que estoy en casa esperando que todo se resuelva, esperando la comida. El baño siempre está limpio. Sólo me levanto y hago lo que quiero. Y no soy feliz. De hecho me siento bastante miserable. La especie me mira con rabia, quieren verme haciendo algo. Tal vez me siento culpable, pero aquí sigo, resistiendo. Desafiando a la naturaleza. No soy nada, lo sé. Soy el producto de las circunstancias. Un error calculado de la naturaleza. Mi destino es levantarme por las mañanas y preguntarme: ¿escribiré por fin eso que me libere? Y en realidad jamás me había hecho esa pregunta, pero estaba implícita en mi actitud de sentarme frente a la computadora sin nada que decir, y pensar cómo empezar y luego seguir. Cuando voy al cine, o como, o utilizo cualquier cosa, no puedo evitar sentirme culpable. La gente detrás de todas estas comodidades debe estar resentida con las personas como yo, que no aportamos nada. Pero hay que entender que todo estaba dado desde siempre, que esto tenía que suceder así, porque es sólo un eslabón en la cadena de causas y efectos. De todas maneras es frustrante no aportar nada. Es instintivo, trabajar para la especie. Y yo qué hago para la especie. Estas palabras. Eso es lo que hago, ordenar palabras. Y muchas veces lo hago mal y los demás no saben qué quiero decir. Entonces me siento muy infeliz por no poder hacer bien eso que tendría que hacer a la perfección, ya que no hago otra cosa que eso. Y ahí está la frustración más grande de la historia. Los errores que cometo y advierto se convierten en persecutores frenéticos amenazando con devorarme. Irónicamente los que no advierto no representan ningún peligro.

Nota

Siendo preciso legislar en materia de espíritus, habría que definir primero qué se entiende por espíritu. Espíritu es la parte intangible y ambulante de todo ser, y que por sus efectos variados, tiene una naturaleza esquiva y poco concreta. Además es una cosa que, a pesar de que todos poseemos una, no tiene una residencia estable ni un campo de acción definido, por lo que tendremos que aclarar, primero que nada, que la legislación original está escrita en el viento, y nuestras miopes vistas no tienen acceso a ella. Pero de que existen disposiciones inflexibles en esta materia no hay duda, sólo que ni yo ni nadie podrá nunca describirlas a la perfección. Aterrizando esta idea a un terreno más terrenal, nos encontramos con que no sería descabellado equiparar al espíritu con lo que conocemos por propiedad o, en un sentido más bien lúdico, con las barritas de vitalidad tipo street figther o mortal combat. Aunque esto de las barritas podría estar más ligado con el concepto de alma, cosa que, a su vez, pudiera ser comparada con el concepto de salud, y así te vas. El espíritu es más bien como una bicicleta que alguien más puede pedalear en determinado momento, pero que sin embargo es siempre nuestra, aunque la otra persona la utilice con rudeza, como cosa que no es nuestra y maltratamos. De ahí que surja el supuesto del usufructo, que es cuando alguien utiliza tus energías para su propio beneficio, dejándote todo exangüe y paliducho.
Hay una estrecha relación entre la naturaleza de los espíritus y el cuerpo del que emanan: una persona atractiva tiene, por así decir, un imán más potente que el de una persona repugnante. En forma de pensamientos el alma viaja hasta el objeto deseado, donde se queda un rato merodeando, hasta que, por una suerte de hechizo, la parte del alma viejera es fundida con la masa incorpórea de la otra, teniendo que regresar forzosamente a su prístina residencia, que es el propietario legalmente constituido, antes o al momento de morir. Es decir, que el afortunado que recibe almas y las utiliza, puede utilizarlas o tenerlas ahí como simples trofeos, mas no puede transferir la propiedad ni nada de eso, puesto que, en un sentido estricto, no es el dueño dueño de esa alma o pedazo de alma que le cayó del cielo, sino que, en palabras jurídicas, es sólo el usufructuario. A menos de que el dueño legalmente constituido otorgue voluntaria y solemnemente su alma a alguien más, el alma tendrá que regresar forzosamente a su poder al momento de su muerte, para que se sigan las diligencias correspondientes en el otro mundo. En el caso de que alguien otorgue voluntaria y solemnemente su alma a alguien más, el propietario original recibirá el susto de su vida y habrá ante sus ojos el día de su muerte un acto donde el Diablo se estará llevando su alma al infierno, pero al final llegan, como siempre, los ángeles a escamoteársela al diablo con sus cantos hipnóticos. Claro que hay artículos en esta ley, pero para mayor comodidad prefiero sintetizarlos. Así el lector podrá tener aunque sea una idea vaga de lo que estamos hablando, que es una cosa complicada, pero también de interés humano.

domingo, 23 de mayo de 2010

Pandemonium

Era ahí la vida, sin duda. El lugar. La noche. El ordenador. Digamos que era una fiesta, moderna, con luces parpadeantes, como siempre. Entonces yo estaba ahí y había cosas que hacer. Era el canabis que por ahí abundaba y la gente que era profusa. Yo no sabía que terminaría ahí, a las dos de la tarde. Pensé, durante un intervalo importante de la noche, yo escribiré esta pachanga magistralmente. Entonces emergió un sendo porro, no era yo, era la grey que sacaba el porro, y yo no me podía resistir. Ya bajo los efectos, para que quede claro. Muy bien. Estaba ahí, oteando la zona, era un fiesta de despedida de alguien que se iba a Europa, ahí estuve con Salvador hasta el final, con la barriga triturada por el licor, viendo gente que se besaba con la boca seca. Entonces dije: no estoy tan empinado. Fue sobre todo la mariguana la que puso de relieve el tema. La guerra era el tema, luego otras cosas. Salvador escuchando. Yo diciendo: se necesita un buen vigilante para defender la plaza, un vigilante siempre despierto, para localizar al oponente desde lejos y rápidamente armar una estrategia. Había que ver la cosa desde esas palabras. Palabras esclarecedoras. Rodear al rival y aplastarlo. Vigilante diestro. Música. Habría que ver al oponente a una distancia considerable, para después mandar las tropas. También platiqué de otras cosas. La policía llegó a reventar la party, pero nadie tomó en serio a la poli, la poli es buena onda, siempre diciendo cosas, cosas inquietantes, y yo, ahí, adentro, refugiado, con la seguridad de que nada ni nadie podría excomulgarme. Los polis no pueden hacer nada contra una muchedumbre metida en una propiedad. De todas formas no pierden la oportunidad de arruinarle la noche a algún borracho acostado en la banqueta, o alguien que orina en la calle, obligado por el alcohol y la falta de servicio. Entonces yo estaba con Salvador diciendo todo eso, y luego surgió un tema, fue algo subliminal, como entre nubes, así, rosa, pero era de noche, y yo pregunté con curiosidad cómo terminaría todo ese escándalo, la respuesta es que todos felices para siempre, como en los cuentos de hadas. Cabía aclarar que yo no me refería sólo a la fiesta, sino a todo el asunto, a la vida, el mundo. Esperanzas falsas, como siempre, o tal vez la verdad. Pero eran sólo los efectos de la mota. La mota. Invertí más de 12 horas de mi vida en esa fiesta. La vi desde el amanecer hasta el ocaso, desde el jaleo cumbre de las tres y media hasta la plática torpe de la 1 de la tarde después de un sueño inquieto, en un cuarto, todos derrotados, nadie había follado, ni habían estado cerca. Cuando comenzaba a amanecer, con Salvador pude ver toda la escena del rotundo fracaso. Mujeres y hombres libidinosos que simplemente no hallan el modo, el modo de descargarse. Entonces hubo un soundtrack, naturalmente hubo un soundtrack, pero sólo Salvador y yo lo entendimos. Admitámoslo, era Syd Barrett, el artífice de eso, pero surgió natural, venía completamente al caso, nadie forzó nada, porque ciertamente ahí estábamos, pero queríamos pasar desapercibidos, ver cómo, al final, por más alharaca que se haga, nadie folla. Desde luego alguien se llevó la noche: el que acarició más a la muerte. Eso nos da risa. Y todo por un poco de afecto. A fin de cuentas nos identificamos con el borracho que desafía a la muerte, quizás sintamos envidia. Un hombre que se lo toma tan a la ligera, exponiéndose a la broncoaspiración. Quisiéramos tener las agallas, pero somos seres ordinarios que no pueden más que reírse de los grandes. Entonces Salvador dijo algo que tal vez produjo en mí un efecto más efervescente del deseado: “hay que tener la estructura muy pequeña”. Entonces pensé: ¿me estará halagando?. Difícil entenderlo no siendo yo. Alguien dijo una vez que era difícil darse a entender. Me pregunto si tendrá algún beneficio darse a entender. Yo digo lo mío, desde mi carrusel. Quizás en alguna fiesta donde todo termine en fracaso, en cuarto atiborrado de semen, quizás alguien lo entienda, pero será mágico, no será así nada más, una cosa que se entendió. De eso y otras cosas se habló. Era una especie de pasillo, luego unas escaleras, pero antes un dj, y había extranjeros, europeos, que por ser europeos se creían superiores, pero yo pensaba: “espera, yo crucé el océano, es decir, mis antepasados cruzaron el océano, y eso está en mi sangre, el valor, la sonrisa de pirata, claro. Y un ojo más abierto que el otro, para evitar números”. Lo siento, no puedo desmenuzar la materia para ustedes, no soy esa clase de persona que se preocupa por los demás. Los escritores escriben lo que les pasa, pierden la cabeza por compartir lo que les pasa. Es cuestión de ponerse a teclear, es todo. No pensar es ya una gran ventaja.

sábado, 22 de mayo de 2010

Poema # 159

Esperando algo suficiente.
No, la vida es moverse en aburrimiento.
En realidad sólo puedo hablar por mí,
siendo esta curiosidad
sin rima ni gracia.

Nunca me podría resignar
a ser uno más.
Y quizá no me gustará triunfar.

La música ya embotó,
afuera hace calor;
todo se ve apagado,
soy yo,
y este es mi universo.

Busco la justificación de mi desgracia
con estas palabras.
Todo me parece forzado,
tedioso, sin magia;
es mi universo asqueroso,
lleno de frustración.

Busco una razón para que así sea
y no de otra forma,
pero sólo escucho el crujir de unas ramas;
sonidos, agobios, terrores,
asfixias, temores,
en una palabra: la vida.

¿Cómo puede ser así?
Tan al revés todo,
tan justo lo contrario de lo que podría pensarse
¿Qué hay de placentero en el tiempo, la carne
y sentir la carne?
Bonita mixtura de cosas.

Siempre uso las palabras recientes,
las que tengo frescas;
luego pasan de moda,
y como todo, regresan.

Tiempo, carne y sentir la carne:
podredumbre a flor de piel,
flatulencias purificadoras…
De momento, claro.

Sólo es reconfortante el sufrimiento ajeno.
Ahí están los libros de poesía para consolar.
Sale un hombre que celebra el dolor,
le canta al dolor,
y es natural decir:
esto es mejor que el falso optimismo
que ahí afuera pulula,
sale hasta de las alcantarillas.
Pero el cerebro se hincha de poesía.
¡Tan basto el universo
y yo tan rodeado de límites!

Los cerebros son máquinas,
maquinas que ponen en marcha,
en todo momento,
sistemas, nuevos sistemas,
estúpidos sistemas,
para vivir más.
Y aquí estamos,
tan idiotas como siempre.

jueves, 20 de mayo de 2010

Algo que hice

Haciendo un recuento y una pelota dura de la historia, por supuesto con lo más importante, tenemos que aquí estoy yo con esto que escribo, no hay más. La historia viene a sintetizarse en mí; lo que llegue de la historia a mí es la historia. ¿Por qué hablo de la historia? Porque yo soy el resultado de esa cosa tan compleja y manipulada. La misma manipulación ha sido determinante en la pelota dura que ahora vemos, pelota apretada hasta llegar al punto de la densidad del diamante. Diamante: palabra histórica. Se dice que en África todavía se puede encontrar el mentado diamante. Cuando hago esto siempre siento tentación de escribir: en cuanto a…., pero sólo es porque se escucha bonito y tiene un ritmo que me relaja. Aquí estoy una vez más, haciendo lo mismo pero diferente. La historia es algo que depende de mí por completo, desde mi perspectiva claro, perspectiva que siempre he tenido y tendré que abandonar sólo después de sufrimientos estratosféricos. La verdad las palabras me producen un placer que no podría describir. Pero un dolor todavía mayor. Ustedes no saben lo que ocurre en mi cabeza. Déjenme ponerlos al corriente. Al fin y al cabo siempre es lo mismo con los escritores. Abren de par en par las puertas de ese órgano repugnante lleno de cosillas parecidas a gusanillos blanquillos. Aquí vamos. En mi cerebro, pues, hubo ya varios accidente, colapsos, cataclismos, catástrofes del orden natural y civil, asuntos de estado, causas de fuerza mayor, casos fortuitos que impiden la realización de ciertas diligencias, y no importa porque el juez dará prórroga. Después de todo estudié derecho y de algo tenía que servir. Entonces esas guerras y colapsos y accidentes que en mi cerebro han ocurrido, han derivado en que se abrió, ahí dentro, una especie de recinto del vicio, antro, para ser exactos, donde hay una juerga interminable, con putas y alcohol, lsd, más putas y más alcohol, mucha gente de narices ganchudas y mocosas, de codos rasposos y nejos, rameras eslavas y condones usados. Ya se imaginarán el bullicio. Aparte tienen una luz estroboscópica que naturalmente me tiene todo trastornado. También hay metanfetaminas y putas, olvidé decir putas. El caso es que tengo que soportar la tracalada que traen ahí dentro. No puedo hacer nada, no puedo llamar a protección civil, porque ni siquiera sé qué hacen ellos, tampoco a salubridad, porque no sé si exista ese departamento. Todas las dependencias públicas han sido absorbidas por el órgano matriz: el departamento de desvío de recursos, en el ámbito de mi cerebro y evidentemente en el de la estructura gubernamental que ustedes conocen, esa que está en la calle Zaragoza y en otras calles también, según de qué ciudad, estado o país estemos hablando. Pequeña digresión. Retomamos el cause. Es el caso señor juez que esos conciudadanos se empeñan en reventarme las bolas el día entero con su puta música psycho y los maricones que gritan extasiados por el éxtasis, sustancia que habrá de ser examinada en su momento por el perito, del cual tengo a bien proporcionar su domicilio, ubicado en la zona más rascuache y promiscua de la ciudad, ahí donde las puertas son sábanas y ustedes saben perfectamente a qué lugar me refiero, domicilio marcado con el número 666, nomás para que vean de qué clase de tipejo estamos hablando. Aparte. Una vez hecha la demanda a no sé quién, puesto que no creo que alguien pueda defenderme en este sentido, ¡sí, estoy loco, qué alegría, hurray!, debo admitir que también esas fiestas me han enseñado que la boutade, palabra que recién se agregó al diccionario y cuyo significado sólo puedo saber yo puesto que soy un erudito, digo que he aprendido gracias a las fiestas que se hacen en el boquete que tengo en el cerebro debido al accidente antes citado, que la boutade es lo mejor que uno puede hacer en vida, y entre más haga uno boutades uno vive más y mejor. Amén. Por mi parte puedo decir que la historia es el reflejo de todo lo que yo escribo y digo y hago, porque sólo hago lo que me enseñaron. Además, existe una clara tendencia al desperdicio. Desperdicio de hojas para hacer libros que nadie tendrá los testículos para leer, si acaso yo, que estoy aquí, solo, solito. Un aplauso para los que llegaron aquí después de haber leído y releído, después de haber escudriñado, como diría un amigo, el meollo del asunto. La verdad no tengo ningún amigo que utilice esa jodida palabra, porque es una palabra mamona. No pudiendo dar más de mí, hecho una verdadera piltrafa, me despido, suyo de ustedes. Tú la traes.

miércoles, 19 de mayo de 2010

Un lugar nunca antes pisado

Siempre es bueno mantenerse en lugares donde tu apellido sea raro. Lo raro es distinguido. Perros: mensajeros de la muerte. Pájaros: vehículos de brujas. Mi repertorio de chistes se agotó; ahora espero la muerte. Ramas de 20 a 30 centímetros de largo: varitas mágicas. Es preciso que hagas tus maletas y salgas a explorar aquel nunca-pisado-por-pie-humano-lugar al otro lado de la montaña. O no que hagas las maletas, sino que simplemente vayas, así como estás. Lo de las maletas sólo era parte del inicio de algo indefinido que se fue definiendo sobre la marcha, pero mal. Llega un momento en la vida de todas las almas en que necesitan hacer esto, escribir, cualquier cosa. Se dice que los duendes están al final del arcoiris con una olla de monedas de oro. Algunos creen que no creer los hace mejores. Morir así o asá no es igual, pero es exactamente lo mismo. Ya puedes hacer lo que quieras. Cuando estás mal de la cabeza es como si estuvieras sobre un delgado pináculo rodeado de inasible aire. Dar un paso es dar un paso en falso, siempre. Bastante plausible es resistir ahí con los brazos rodeando las rodillas, como típico loco, hasta que los demás empiecen a caer. Son frases que hay que poner en letras de oro, muy mi gusto. Hay que armarse de paciencia encaramado en el pináculo. Pináculo, de dónde salió eso. Fue un presente de mi ángel de la guarda. Ponte a jugar, me dijo. Hay que estar bastante loco. En el peor de los casos te arrancarás la cabellera tú solo. Si no hay una cama y una televisión y algunos libros en el librero y una casa, no tiene sentido. No tiene sentido la atracción, si no hay varios días por delante con la cama, la televisión y el librero, aunque después quién sabe, nunca he estado en tal situación. Me refiero a abrazar. Lo lamento justo antes de dormir, cuando abrazo la almohada, pero no huele a mujer. Esas cosas simplemente son geniales. Me asombra poder escribir esas cosas. En el contexto de las telepatías, hay una imagen metafórica que el emisor envía al receptor, quien la recibe en forma de señal imprecisa, por decirlo de una manera verosímil. Una mordida en el cerebro no es buena metáfora, ni buena señal, mucho menos buena suerte. Te pones como la tortuga, dentro del caparazón, en cuanto te sabes vulnerable, y yo también, cada quien en su caparazón, y así nos pudrimos ahí dentro. No recuerdo haber tomado una sola decisión correcta, no recuerdo haber ganado nada. Toda mi vida se reduce a haber escrito mal mis frustraciones. Y eso es extremadamente patético, y es mi único consuelo. Sólo utilicé mi desencanto para escribir mejor. Inconscientemente elegía lo peor para mí, para luego escribir así. Supongo. Hoy me levanté y me prometí no escribir, como medida profiláctica, y heme aquí escribiendo, esclavo de las palabras. He dejado de vivir por escribir. De hecho, escribo exclusivamente acerca de escribir. Pero miren qué bien lo hago. Desde pequeño recuerdo mi tendencia a refugiarme en la voz de mi mente. Cuando alguien me lastimaba de cualquier forma, yo esperaba ese momento de tranquilidad en que me acostaba y dejaba que la voz dispusiera. No me interesaba tanto el sentido de las palabras como el tono confortante que tenían. Yo no era un niño lector, era un niño que se regodeaba con esa extraña voz interna. Sin duda, principios de esquizofrenia. Ahora estoy consumado.